Tenemos
cierta tendencia a considerar inútil todo aquello que no nos pueda
aportar un beneficio material. Cuando digo "tenemos" debe
entenderse como una generalización, como casi todas injusta, pero,
en este caso, además, nada sistemática, ni comprobada, ni
demostrada; ni siquiera me he preocupado por realizar un estudio
estadístico entre nuestros abnegados conciudadanos, sometidos ya a
innumerables sondeos (electorales, comerciales, radiofónicos y quién
sabe cuántos más). Así, por ejemplo, los estudios vinculados a lo
que tradicionalmente llamamos "humanidades" han ido
perdiendo peso frente a otros considerados más útiles como los
"científicos". Si el Estado tuviera que elegir entre
apoyar económicamente o al investigador que está luchando contra el
cáncer o al filólogo que está haciendo una tesis sobre una obra
casi desconocida de alguno de nuestros autores áureos, la mayoría
de la población tendría bastante claro en qué proyecto invertir,
sobre todo si lo exponemos más o menos como yo lo acabo de hacer
(con una más que evidente manipulación) en forma de una disyuntiva
que se resume en elegir entre dos proyectos: con uno se pueden
salvar vidas y el otro es banal, por así decirlo.
Fernando
Savater habla en uno de sus artículos de que existen dos tipos de
periodismo: uno de lo intrascendente y otro de lo trascendente. El
primero de ellos es el mayoritario: el resultado de los partidos de
la pasada jornada, el tiempo que va a hacer, los accidentes de
tráfico, la última corruptela política y tantas otras cosas que
aparecen diariamente en los medios. El segundo, el trascendente, es
mucho menor en cantidad y suele tratar de temas que nos afectan
personalmente, como ciudadanos o como seres humanos: la educación,
el aborto, los impuestos o las reflexiones sobre nuestra forma de
vida o sobre lo que nosotros mismos somos entre otros temas. El
filósofo vasco dice, muy acertadamente, a mi parecer, que ambos son
necesarios.
Lo
intrascendente y lo inútil se unen con frecuencia, y en no pocos
contextos pueden funcionar como sinónimos. A mí me encantan muchas
de esas cosas aparentemente inútiles o intrascendentes, y a ellas
les dedico casi todas mis horas; sobre todo, a la belleza y a su
contemplación (algún día subiré aquí un articulo titulado "La
contemplación desinteresada de la belleza"). La belleza se
encuentra maravillosamente distribuida a nuestro alrededor: la
poesía, la música, la pintura, el teatro, la comida, la amistad,
los cuerpos, etc. Contemplar todo esto no me aporta beneficio
económico o material alguno (con la pequeña excepción de la
poesía, que forma parte de mi profesión), sin embargo no creo de
ninguna manera que se trate de cosas inútiles, o, quizá, sí, quizá
la vida sea inútil también y tal vez por ello sea tan hermosa.
Todas
estas reflexiones surgen de la necesidad de explicar por qué voy a
escribir ciertas cosas en un blog,
puesto que todo lo que pueda decir me parece inútil o intrascendente
y no espero alcanzar ningún grado de belleza que justifique que
nadie lea mis artículos. Ni siquiera pretendo o ansío conseguir
seguidores o lectores. Cuidaré de este blog
fundamentalmente porque quiero (que no es mala razón en principio
para hacer cualquier cosa) y para organizar mejor algunos de mis
pensamientos, de esas ideas que constantemente me asaltan cuando
recorro las comúnmente mojadas calles de Santiago o mientras nado o
conduzco o me ducho o duermo. Si a alguien le gusta, pues mejor que
mejor, y si no, me servirán para dejar constancia de mi pasión por
las cosas inútiles.